lunes 21 de septiembre de 2009

"Madrid, cuidad de ciegos"


Desde que llegué a Madrid, cada día cuando salgo de la casa me encuentro con un promedio de tres personas ciegas (si, las conté y saque un promedio) caminando y tentando la calle experimentadamente con sus bastones. No puedo evitar sentirme un poco mal cada vez que los veo pasar, ya que he de admitir (no sin bastante pena) que me doy el lujo de observarlos con cuidado, lo cual aunque no les afecte en nada, a mi me hace sentir como si abusara de su condición, me parece que es como gritarle a un sordo a sus espaldas que habla raro.
Hoy mientras comía con mi hermana en una mesa junto a la ventana, contamos cinco en la media hora que nos tomo aspirar los dos platos de pseudo comida mexicana que una mesera raquítica nos puso enfrente. Cada uno era diferente al anterior (los ciegos no los platos), había hombres y mujeres, algunos iban vestidos a la moda, otros no, unos caminaban con pasos cortos y rápidos, otros a zancadas, la mayoría llevaban lentes obscuros, pero dos de ellos tenían los ojos completamente abiertos, como si en lugar de no ver nada lo vieran todo… la mayoría sonreía. A pesar del entretenimiento que su (según yo) coincidente desfile me proporcionaba, después ver pasar al tercero a mi me empezó a entrar bastante paranoia, probablemente producto de la lectura de los miedos creativamente canalizados de Saramago.
Durante unos minutos jugué con la idea de una ceguera epidémica... de quedarme sorpresiva, fulminante e irremediablemente ciega… termine aterrorizada.
Un rato más tarde llegó Sofía, ella lleva aquí ya unos meses, me contó que al principio pensó que Madrid era una “cuidad de ciegos”, a mi eso me sonó muy poético… hasta que se enteró que a la vuelta de la esquina esta la O.N.C.E., Organización Nacional de Ciegos Españoles. Me dio tristeza escuchar una explicación lógica para las procesiones de invidentes de Chueca, no porque me no me gusté la idea de que exista tal asociación, sino porque “cuidad de ciegos” es la primera frase poética que escucho desde hace semanas y me dio pena perderla… y es que tal vez soy muy ciega, pero nunca he podido ver poesía en la razón.

Besos

domingo 6 de septiembre de 2009

Madrid...


En un par de días me voy a Madrid con la escusa de ayudar a instalarse a mi hermana que se va de intercambio un año. Me va a caer bien el cambio de aires, a ver si algo en español golpeado de los madrileños, en la expersión de "Las Meninas" (que siempre voy a ver por costumbre), en la noches que empiezan casi cuando se esta haciendo de día o en los cortados que te aprietan la panza me inspira y posteo algo antes de que me cierren el blog por negligencia.
Muchos besos

lunes 27 de julio de 2009

...si te labra prisión mi fatasía.


Hace mucho tiempo, antes de que germinaran en mi las semillas de la incomodidad, la pena y el miedo al ridículo, participe en un concurso de oratoria. Me imagino que tenia unos 6 o 7 años y por alguna razón, probablemente que hablaba como perico y usaba palabras demasiado rimbombantes para mi edad, fui elegida para representar a mi grado declamando un poema de Sor Juana (cuya poesía era el tema del concurso). Me tomo semanas aprenderlo, por las tardes lo cargaba en una hojita gastada y se lo leía a cualquier pobre desafortunado que se dejara y por las noches me dormía escuchando una grabación de mi propia voz repitiéndolo una y otra vez, porque alguien me había dicho que esa era la mejor manera de aprenderse algo de memoria. No me acuerdo muy bien del día de la competencia, sólo se me quedó grabado que un niño (quien más tarde resultaría ser el ganador) gritó y lloró mientras declamaba no sé que poema de amor no correspondido. A mi me pareció que el niño se veía completamente ridículo arrastrándose como perro atropellado por el escenario y experimente por primera vez la pena ajena. Después de esto asocie inconscientemente los escritos de Sor Juana con el niño/perro atropellado y la omití por completo durante muchos años, incluso cuando mi amor por la poesía ya me hacia comprar libros de versos que escondía en mi closet para que no fueran encontrados por mis amigas de la prepa. Cuando iba en la universidad descubrí por casualidad, impresa en una pulsera promocional de una librería, la ultima frase de “Detente, Sombra” uno de los poemas de enamoramiento masoquista que son la especialidad de alguien que por voluntad propia se caso con Dios teniendo alma de mujer de mundo. A partir de ese momento caí rendida en los brazos de la monja, porque yo, aunque decida casarme con el mundo, de alguna forma siempre tendré alma de masoquista. Les dejó el poema que aunque no me encanta es preludio de la frase que más amo.

DETENTE, SOMBRA
Sor Juana Inés de la Cruz

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para que me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importaba burlar lazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

viernes 17 de julio de 2009

Males necesarios


En esta vida hay una infinidad de males necesarios, el dentista, la pubertad, el tráfico, los aeropuertos, el ginecólogo, Dios mío el ginecólogo. A pesar de que todos ellos implican muy malos ratos (o muy malos años en el caso de la pubertad), tienen en común el hecho de servir un propósito. Evitar los dolores de muela, convertirse en adulto, llegar a donde queremos ir o asegurarnos que no nos vamos a morir de cáncer cervicouterino antes de llegar a la menopausia. De cierta manera estos males necesarios se vuelven cosas que hacemos sin pensar demasiado, sin torturarnos más de lo necesario, enfocándonos en el resultado final. Desafortunadamente también hay males que a pesar de ser necesarios no son en lo absoluto beneficiosos a largo plazo, para mi el peor de ellos por su frecuencia e intensidad (de enojo potencial), es el inevitable valet parking. En una cuidad que ralla los 9 millones de habitantes, los cuales manejan casi 4.5 millones de coches, encontrar un lugar para estacionarse en algunas zonas es igual de probable que conocer al Ratón de los Dientes, tomarse un café con Santa Claus o comerse en estofado al Conejo de Pascua. Si se quiere ir a lugares lindos a horas deseables, esta maldición disfrazada de servicio termina por convertirse en una constante. El problema no es darle las llaves de tu auto a un extraño que se comerá los chicles que guardas en la guantera, moverá los asientos y espejos, jugará arrancones en el semáforo y probablemente dejará las ventanas abiertas con la radio prendida para escuchar el partido… no ese no es el problema… lo que hace que brote la bilis y salgan las lagrimas de coraje es el hecho de que en el proceso le va a dejar su firma a tu vehiculo, la cual desgraciadamente viene en forma de profundos y muchas veces irreparables rayones.
A mi me regalaron un coche en Octubre, tiene unos 9 meses y en este tiempo los valets han logrado hacerle una serie de heridas muy curiosas: cuatro líneas paralelas en la puerta del copiloto que parecerían ser producto del zarpazo de un tigre, un pequeño hoyo en la defensa en donde según mis suposiciones fue mordido por una piraña, una abolladura en la parte de atrás en forma de casco de caballo, y la más curiosa de todas, un raspón en el marco del espejo retrovisor formado por una serie de puntitos simétricamente distribuidos que no puede provenir más que del impacto con un puercoespín enojado. Una amplia gama de pruebas de que en efecto vivimos en una jungla de asfalto… y cada vez que descubro una nueva marca en el coche, que se me empaña la vista de enojo y que siento como el jugo gástrico me quema el estomago, me pregunto si vivir aquí es realmente un mal necesario, porque los probables beneficios a largo plazo, son en el mejor de los casos sólo eso… probables.

jueves 2 de julio de 2009


Hoy siento la necesidad de escribir algo trascendente. Que triste es cuando la necesidad, la voluntad y la capacidad no se ponen de acuerdo. La más fatal discordancia.

jueves 25 de junio de 2009

Impossible if possible

No sé que quiero, quiero eso, no mejor no... quiero lo otro... tal vez, bueno lo quiero pero también aquello y si se puede lo dejo todo por algo nuevo. Cuando por fin creo que sé lo que quiero, lo quiero mucho, muchisimo... hasta que lo tengo, entonces muchas veces ya lo lo quiero nada. Quiero lo imposible si es posible. A veces parece que una canción ha sido escrita para nosotros y aunque no sea cierto, queremos pensar que si lo es... esta es una de las mías.
Besos

viernes 19 de junio de 2009

Normal

Un divorcio convencional transcurre con una progresión de eventos similar a esta:
Mamá y papá pelean todo el tiempo, se gritan, se ignoran, se miran con ojos de odio cuando creen que los niños no los ven. Los padres deciden separarse, comunican la noticia a los hijos de manera fría, invariablemente mencionando que nada de esto ha sido su culpa, que mamá y papá se quieren pero como amigos… los niños entienden por primera vez que los padres también mienten. Papá se muda a un departamento jodido y los hijos lo visitan de vez en cuando, comen pizza van al cine, tratan de ignorar que todo huele un poco mal. Eventualmente los padres encuentran nuevas parejas, el novio de mamá los compra con regalos, la novia de papá insiste en que es importante que pasen tiempo juntos, “en familia”. Con el paso de los meses el novio de mamá se olvida de los regalos y la novia de papá se inventa un viaje al caribe a un crucero que no acepta niños, que casualidad. En algunos casos los padres se vuelven a casar, en otros se entregan a una procesión de parejas distintas y se omiten la molestia de presentárselas a los hijos. Los niños crecen, un poco resentidos, un poco hartos, un poco condenados a repetir patrones y fallar en sus propias relaciones… en resumidas cuentas crecen muy normales.

El divorcio de mis padres fue un poco diferente:
Mamá y papá pelean todo el tiempo, se gritan, se ignoran, se miran con ojos de odio cuando creen que las niñas no los ven. Los padres deciden separarse, comunican la noticia a las hijas de manera fría, mencionando que nada de esto ha sido su culpa, que mamá y papá se quieren pero como amigos… las niñas entienden por primera vez que los padres también mienten. Mamá confiesa que se ha enamorado de una mujer italiana de nombre Alessandra a quien conoció en una cena de día de la candelaria. Papá se deprime y comienza a cultivar un odio desmesurado por la italiana, que luego se convertirá en un odio generalizado hacía todos los italianos. Mamá decide irse de viaje con el nuevo objeto de su afecto, papá busca consuelo en los brazos de una recién graduada arquitecta prácticamente desconocida que podría ser su hija. Mamá regresa y se instala en una pequeña casa con Alessandra, ella renta un departamento a unas calles para “cuidar las apariencias”. Todos sus conocidos comentan el tema. Papá termina con la arquitecta por razones de fuerza mayor, ella se va para perseguir su verdadero amor, el salto de bonji. Todos sus conocidos siguen comentando el tema. Mamá no soporta más estar en boca del pueblo entero y se muda a una cuidad vecina. Las niñas se quedan con papá. A los pocos meses él conoce a una fotógrafa con dos hijas de la misma edad que las suyas, se enamora, se queda más de quince años con ella. Mamá dura diez con la italiana. Ambas relaciones terminan fatal y después de odiarse por principio y por costumbre durante tantos años los padres deciden volverse amigos. Las niñas crecen un poco resentidas, un poco hartas, un poco condenadas a repetir patrones y fallar en sus propias relaciones… son todo menos normales, pero por los menos tienen una historia un poco más original.