
Hace ya 5 o 6 años, hubo unos meses en los cuales pasé la mayor parte de mi tiempo estudiando las estructuras, funcionamiento, y como soy una ñoña, también los detalles más curiosos y probablemente irrelevantes del sistema nervioso. Con la excusa de tener clases y laboratorios de neuro, me obsesione (las obsesiones justificadas son mis favoritas) con el como, cuando y porque me pasaban las cosas por la cabeza. Evidentemente seis años más tarde, estos detalles se han escapado de mi mente para dejar lugar a cosas más prácticas del tipo de cómo pagar mis impuestos, mandar mensajes de texto mientras manejo y desmaquillarme sin que me entren pedacitos de algodón a los ojos… en resumen no me acuerdo de casi nada. Una de las pocas cosas que la rutina no ha sacado a patadas de mi mente tiene que ver (nada sorpresivamente) con una de mis obsesiones (tal vez no tan justificada) más importantes, los olores.
El resumen simplificado, que no he simplificado por subestimarlos, sino porque ya no sería capaz de explicarlo de manera más completa, es que los centros olfativos a nivel neurológico se encuentran en lo que se conoce como “cerebro reptil”. Este desafortunado nombre, se refiere a la parte más primitiva del cerebro, en la cual tienen lugar los procesos más básicos y por decirlo de alguna manera “animales” del sistema nervioso.
Cuando los seres humanos no éramos más que una manada de changos con aires de grandeza, el bulbo olfatorio, localizado en la parte más profunda del cerebro, la cual todavía no se cubría de la gran cantidad de corteza que hoy nos hace tan complicados, ya era una finísima herramienta de supervivencia. Además de usar el olfato como el resto de los animales, en los humanos, éste forma parte del sistema límbico, que es el responsable de regular las reacciones que determinan nuestra vida emocional y afectiva. En pocas palabras el olfato humano esta diseñado para responder emotivamente a los estímulos que recibe de medio. Aunque en su momento esto debe de haber sido muy útil para generar respuestas afectivas entre miembros de los mismos grupos (favoreciendo la formación de lazos y conjuntos sociales), además de generar una que otra reacción de repulsión emocional ante olores desagradables u ofensivos (librando a dos que tres homo habilis de una indigestión por comer cosas putrefas), a mi el día de hoy los saltos de corazón generados por olores me parecen más bien limitantes y poco practicos.
El problema está en que cada persona deja su olor grabado en tu memoria, mucho tiempo después de que se apagaron los sentimientos que un día te hicieron sentir ganas brincar con la sola mención de su nombre. Olor a Hugo Boss mezclado con sudor preadolescente de mi novio de secundaria, olor al probador de Victoria’s Secret donde trabajaba la primera niña con la que salí, olor a mota con chicle de unos besos robados entre clases, a cigarro con vino tinto en un departamento de Paris, a shampoo para chinos con crema de cuerpo, a coca cola light calentada en el sol de la playa, a ramos de rosas compradas por culpa, a café con leche, a incienso y frío, a sal en la piel, a piel conocida, a piel dulce y olor a perfumes, perfumes que me asaltan de repente cuando abro un cajón, cuando entro a una tienda, cuando me pongo un suéter viejo, cuando saludo a mi mejor amiga… y con cada respiración cargada de olor pesado de recuerdo y sentimiento a mi se me descomponen los latidos y me fallan las piernas… así que a menos de que tener micro infartos sea beneficioso de alguna manera para mi supervivencia, me parece que estaría increíble que nuestro tan famosamente adaptativo sistema nervioso central pusiera al olfato a evolucionar, pero ya.






