
En una de las primeras noches que pase en Boston fui a una cena de “gala” organizada por la universidad para los estudiantes internacionales. Como todavía no conocía a nadie me senté en la mesa más cercana a la puerta, por un lado para escapar discretamente si mis compañeros resultaban aburridos y por el otro para poder acosar a los meseros para que me dejarán uno de los siempre insuficientes platos vegetarianos (por aquel tiempo no comía carne). No recuerdo ni las caras ni los nombres de 8 de las 9 personas que se sentaron junto a mi esa noche, pero de una de ellas recuerdo mucho más que el nombre… últimamente pienso de ella casi todos los días. Esta no es una historia de amor, o por lo menos no de amor romántico… podría decir que me enamore de los huevos de Elvira. Elvi es madrileña, chaparrita, de pelo chino y ojos sonrientes, pero sobretodo es una de las personas con las bolas más gigantescas que he tenido el placer de conocer jamás. A los dos años sus padres le dieron un violín y empezó a tomar clases, a los 12 su maestra se mudo a Francia y Elvi la siguió, a los 14 ya vivía sola en Rusia. Todo esto es sumamente admirable en si, pero la valentía de dedicarle la vida a la música no es lo que la mantiene en mi mente en estos días. Lo que hace que la hace verdaderamente especial es que a los 17 años, después de dedicarle 15 al violín (el 88.2% su tiempo en este planeta), Elvira decidió que la música en realidad no era para ella. Yo le he dedicado solo 5 años a la psicología y a pesar de ser joven, inteligente y capaz, la idea de cambiar de opinión me parece aterrorizante y por momentos hasta imposible. Poco a poco se me va haciendo claro que mi camino profesional no pasa por un consultorio, un laboratorio o un hospital… y cada vez que el miedo me asalta pienso en Elvira y como después de crecer como violinista en unos años estará rockeando Wall Street.
Besitos